La leyenda

Corre algo de sangre cubana por las venas de Clotilda, la bella Clotilda. Siempre, por lo menos desde hace cinco generaciones, en su familia la primera hija lleva el nombre de Clotilda en recuerdo del ingenio Clotilda -así se llamaba hasta que Amancio, criollo con raíces extremeñas, al comprarlo lo rebautizó como El Provecho-, que estaba cerca de Carolina, próximo a los ríos Candón y Salado, que entregan sus aguas al mar caribeño en la bahía de Jaguay. Allí, en aquella bahía, entre palmeras y matorrales, la sangre hispana se convirtió en mezcla gracias a los encuentros furtivos entre la criolla tatarabuela Clotilda -como la bella Clotilda la conocían- y un guajiro de fuerte planta, recios músculos y poderosa virilidad. Dicen que fue una debilidad y que nada de amoríos hubo entre ellos, sólo placer, pero la sangre se mezcló.

De aquellos encuentros nació la bisabuela Clotilda, parda de piel, que a los veinte años se casó con un médico de la armada española que vio en ella -hija única era- la herencia futura del ingenio El Provecho, acertado nombre porque 32.000 arrobas de azúcar producía cada año la hacienda. La bisabuela Clotilda tuvo seis hijos, dos hembras y cuatro varones. La primera hembra fue la abuela Clotilda -menos parda era su piel- como Clotilda habían sido su madre y su abuela. Muy poco parda era, fina y delgada, nada rumbona, inteligente. Muy pronto demostró su interés por la música. Cuando veinte años tenía, su padre, el médico ahora azucarero, la mandó a Boston, para que estudiara música. Veía el médico que todo aquello se acababa, que los cubanos buscaban la independencia y que los Estados Unidos jugaban fuerte. No le preocupaba, tonto no era y su fortuna la tenía repartida entre un banco de New Orleans y la Banca Asturiana, que en Pola de Siero nació y la tierra siempre tira. En Boston Clotilda empezó a tocar el arpa -algo tenía que tocar ya que estudiaba en el conservatorio- y de paso se enamoró de un catalán, de Sabadell era, que tenía un restaurante. No se opuso el médico a la boda, contento estaba viendo como iban las cosas en Cuba. Acudió junto con su esposa Clotilda a la boda y en Boston se quedó porque Cuba se independizó. Se reunieron con ellos tres de los seis hijos, una y uno en Cuba se quedaron por razones de amoríos, que son poderosas razones.

La bisabuela Clotilda murió diez años después, había ya fallecido dos años antes su marido, y la fortuna nacida de El Provecho se repartió entre todos ellos. La concertista de arpa, que ningún concierto hizo, y su marido tuvieron una hija. La niña Clotilda se llamó, no cabía otra posibilidad. No le gustaba el ambiente de Boston, ni el clima, hacía demasiado frio para ella, y cuando se casó -lo hizo con un arquitecto descendiente de húngaros-, marcharon a vivir a Alburquerque, en Nuevo Méjico. El arquitecto pasó a ser constructor, disponía por maridaje de dinero suficiente y puso en pie rascacielos y barrios enteros, multiplicando la fortuna familiar pero no consiguiendo hacer feliz a su esposa. Un día Clotilda desapareció de Alburquerque y reapareció en Buenos Aires, viviendo con el director de un hotel que dedicaba más tiempo a ella que al hotel. La hija que no tuvo con el arquitecto nació de su coyunda con el hotelero. Fue niña y se llamó Clotilda.

La pequeña Clotilda, que con el tiempo se convirtió en la bella Clotilda, tan bella como lo fue, según contaban, su tatarabuela. A los treinta años, en plenitud de su belleza, amante de la vida, alegre y desenfadada, inteligente y vivaz, llegó, acaso rastreando sus raíces, a Sabadell. Y se quedó porque… pero esta ya es otra historia que acaso algún día les cuente.

J. Llop S.

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